7 jun. 2016

He cometido un crimen ecológico.






     Hace unos días, a petición de mi hija Ariana, visité  un Pet Supermaket. Mientras ella  sobaba  a los Guinea Pigs,  fastidiaba a los ratones y martirizaba a los conejos espantándolos del susto, yo  suplicaba que nos fuéramos. Aburrida, paseaba por la tienda totalmente desinteresada de su contenido, hasta que oí un sonido que me cautivó. Me detuve cerca de unos pájaros, pero los descarté. No era  canto de ave lo que oía.

¿Tienen grillos aquí? pregunté.

Sí, grandes y pequeños; se venden por docenas; ¿cuántos quiere?



     Seguí al vendedor  hasta los pipotes de  grillos. Dentro, luchaban cientos de ellos en una masa gris en plena ebullición. Son unos animalitos alegres y dinámicos. Cuando los miré, sentí que me sonreían. Se me ocurrió  que  serían una buena adición a la nueva casa:  grillos cantando  como las ranas que tanto añoro de  las noches caraqueñas.


    Decidida, ordené dos docenas. Con un embudo, el muchacho recogió, midió  y empaquetó mis  grillos. Ariana, avergonzada  de mi adquisición, se alejó. Mientras las mamás en la fila compraban pájaros y adoptaban  gatos,  la suya  salía con una maraña de insectos  pateándose unos a otros dentro de una bolsa de plástico  transparente. Alguien  preguntó si eran el alimento para mi lagarto; le confesé que era una especie de frente de liberación. Que los insectos  serían excarcelados en el jardín de la casa y que en agradecimiento ellos cantarían para mí el resto de sus vidas, o sea unas  seis semanas, según me informó  el vendedor.

    Pagados a $1.50 la docena y una vez  en el carro,  Ariana lloraba del asco. ¡Parecen cucarachas! repetía. That's disgusting, mom!
Intenté apelar a sus sentimientos contándole aventuras de jardín de cuando yo era pequeña y cogía saltamontes en la casa de Colinas de Bello Monte en Caracas. Solo sirvió para confirmar que soy "embarrassing". Que ninguna mamá compra insectos; que los insectos son para aplastarlos, insectizarlos, exterminarlos.
Mientras manejaba, tuve que llevar a los grillos en mi regazo, bajo  mi protección y defensa, temiendo que mi pequeña insectofóbica los arrebatara y lanzara en plena vía pública.

        Al llegar a casa, superado  el primer obstáculo, dudé  dónde soltarlos. La hierba del patio trasero no parecía ser el lugar ideal  y los liberé entre piedras y aserrín en el frente de la casa, cerca de la puerta. Los pobres grillos salieron a borbotones por la boca de la bolsa  y corrieron a esconderse rápidamente. Conté más de cincuenta (así que salieron a mitad de precio) Cada hoja, trozo de madera y roca cobró vida. No vi a ninguno saltar; me imagino que no son grillos saltarines. Puede ser que en aquella batalla campal dentro de la bolsa, algunos hubiesen perdido las patas. No sé. En tal caso serían unos grillos mutilados, pero  felices de ser libres al fin.

      Al caer la noche, mantuve la casa en silencio para poder escucharlos. Sin televisor, ni música. Apagué el aire acondicionado. Pero los grillos no cantaron. Al mirar por la ventana, algunos de ellos habían  remontado  la tela metálica que la cubre y caminaban hacia el techo. Intenté salir, pero  ocupaban la entrada, la escalera y se alineaban en el marco de la puerta,  lo que impedía cerrarla.  A escobazos  los alejé y  salí de puntillas evitando pisarlos. Fue cuando oí a todos los grillos ajenos  chirriando. Todos cantaban  menos los míos. Quizás  mis grillos estaban en proceso de adaptación o se sentían vulnerables ante su recién adquirida libertad.

    Mortificada con la condición de mis grillos mudos, regresé a Pet Supermarket y hablé con el experto. Dijo que la temperatura afecta su canto. Cantan más cuando hace calor y cómo ha hecho frío... Me informó  que solo los varones adultos chirrían para atraer a las hembras. Si no  son adultos, habría que esperar a que les crezcan las alas, que son las que rozan entre sí y producen sonido.

    Otra posibilidad es que todos mis grillos sean en realidad grillas. El vendedor me enseñó como diferenciar a las hembras de los machos. Con habilidad, cogió  unos cuantos ejemplares y mostró la espina o púa que las hembras tienen en el trasero.
Agregó, y en esto fue muy enfático, que cada grillo produce ¡200 crías! en un mes y medio de vida.

    Ahora mi marido me acusa. Me culpa de haber cometido un crimen ecológico. Que toda la fauna y flora del condado Miami-Dade peligra. Que he roto el fino balance natural del ecosistema mayamense. Que esto es motivo suficiente para que me deporten de vuelta a la República Bananera.
Y prosiguió.  Que los bichos, (como él los denomina despectivamente) me mantendrán en vilo con su "ruido"  (nótese el uso manipulativo del vocabulario) todas las madrugadas de mi vida.. Que  nada  volverá a ser igual. Ahora nos van a invadir las arañas peludas cuyo aperitivo predilecto son los grillos.
¡Todo un drama!
Me hace recordar la canción:

"Estaba el grillo sentado cantando debajo del agua. Cuando el grillo se puso a cantar, vino la araña y la hizo callar. Estaba la araña sentada cantando debajo del agua ...
El perro al gato
el gato al ratón
el ratón a la rana..." Así sucesivamente, unos se devoran a los otros.
Me encantan las hipérboles carnívoras.

    Hoy hace dos semanas que adopté a los grillos. Aún no oigo al primero cantar. Los busco  y no los encuentro. ¿Se los habrán comido los murciélagos? ¿Las arañas? ¿Los ratones? ¿El frío? ¿Ariana? ¿Mi marido? Espero que los jardineros no hayan fumigado sin mi consentimiento.
Definitivamente existe una confabulación en contra de mi espíritu ecológico.
Continuará...

3 comentarios:

  1. Muy divertida tu aventura con los grillos o grillas, ya veremos!

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  2. Por favor, cuando descubras qué pasó con los grillos y su canto, no dejes de contarnos!
    Me encanta como fluye tu prosa, sin aspavientos, clara, precisa y divertida permite entender mucho de nuestra extraña vida.
    Gracias Maribel, por escribir.

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  3. Que relato mas divertido! Yo he comprado griilos, lamentablemente como alimento para el lagarto de mi hijo. Me encantaria saber si tus grillos llegan a cantar. Te felicito por el blog!

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