4 ene. 2012

CRANEOTOMÌA




Esta es una recopilación de los pocos escritos que produje durante los meses de septiembre del 2010 a enero del 2011. Fueron momentos aterradores para mí, y estoy segura que también para mi familia. Fue muy duro enfrentarme a la posibilidad de la incapacidad física y/o mental.

Septiembre, 2010
Ceguera, parálisis, pérdida de la memoria y de la habilidad de escribir. Tengo tanto miedo. No quiero ni hablar. Estoy a punto de tener un ataque de pánico. Siento los pies fríos, las manos heladas. Esto es una tortura. Han pasado tres meses desde el diagnóstico de mi aneurisma. He hablado con neurocirujanos, neurocientíficos, homeópatas, quiroprácticos, farmacéuticos y pacientes. Obtuve una segunda opinión de un médico dispuesto a realizar un procedimiento menos invasivo llamado coiling. Sin embargo, coloqué las opciones en la balanza y pensé que la craneotomía, a pesar de ser un procedimiento radical, invasivo y drástico, era mi decisión definitiva.
No he estado muy motivada a escribir, pero hoy me provocó. Estaba pensando en un cambio psicológico ocurrido esta semana. Descubrí que ya no tengo miedo. Ya no se me hielan las manos, ni tengo ansiedad. He trabajado el miedo. Esas son palabras de la psicóloga con la que he intercambiado varios correos electrónicos. Tienes que dominar el miedo, me dice. Me acordé de mi primer embarazo hace dos décadas y lo asustada que estaba. Unos buenos amigos nos invitaron a su casa a festejar la buena-nueva y la anfitriona, ilusionada, me mostró el álbum de fotos de su reciente parto: escenas de hospital, uniformes verdes, sangre. Atacada, me encerré en el baño a llorar sollozando como una niña chiquita. Mi marido y los anfitriones del otro lado de la puerta, trataban de consolarme pidiendo, rogando que no me colgara de la barra de la cortina de la ducha. De ese incidente salí ilesa y sin provocar daños a la propiedad. Sin embargo, en el octavo o noveno mes de embarazo, ya no tenía miedo. Me jactaba de que todos los libros leídos durante la gestación, (no me gusta esa palabra, suena a libro de puericultura)  ayudaron a asimilar la angustiosa idea del parto. Pero ahora entiendo que no tuvo nada que ver que me informara y preparara. Es un proceso menos consciente; una forma de sometimiento. Es esa palabra que siempre olvido y que tengo que acudir al libro de Eli Bravo, primer capítulo, primera página, para recordarla: resignación. Creo que tiene un significado religioso. La resignación es lo que deben sentir las vacas arreadas hacia el matadero, los reos en camino a la silla eléctrica. Es no luchar contra la corriente, ¿para qué? ¿para qué seguir luchando contra algo que está fuera de mi control?
Sí, repentinamente perdí el miedo. Y es que también perdí las ganas de luchar. Me pasó por la mente la idea de quitarme la vida, de que prefería morir antes que quedar deshabilitada y de esa idea pasé a la de darle un chance a la cirugía. Absurdo, quizás, pero la mente trabaja de forma inesperada. Mis pensamientos están muy confundidos y la centrada y lógica decisión de operarme, es una acción desesperada para no cometer una locura.
El entusiasmo de mi madre me recuerda también mi primer parto: la bata, la ropa interior y las sábanas nuevas. Le atormenta mi espera y mi indecisión.
¿Qué haría yo sin mi madre? sin su apoyo, su entusiasmo. El entusiasmo que a mí me falta. Como veía que no decidía operarme utilizó una vieja táctica: cuando te operes, nos vamos a España. La gente dice que mi mamá llora por los rincones, que cuando le preguntan por mí, se desmorona. Pero ante mí, es una roca sólida. Por suerte la tengo cerca; al lado. Mi amiga Haydee nos ha prestado su apartamento  desocupado  y mi madre se queda allí. 

Ya tengo fecha. Es el tres de diciembre. Si hubiese sido el cuatro, mi suegra se hubiera alegrado porque es el día de Santa Bárbara. Desea convertirme. Me regaló una estatuilla y con lágrimas en los ojos y dando un puño sobre la mesa, pronunció unas palabras: "Dios tiene que entrar en esta casa". Espero que la virgencita de Guadalupe no se ponga celosa. Envidio a los católicos, a los creyentes que ponen sus vidas en manos de Dios y se desentienden. Todo este proceso hubiese sido más sencillo si lo hubiese dejado en manos de un ser supremo que velara por mí y tomara las decisiones que no he sido capaz de tomar en estos meses.

No sé de dónde saqué fuerzas. Muchas veces pensé en salir corriendo. Después de esperar todo un día, fui admitida al Jackson Memorial Hospital. Es inmenso. Durante treinta años he oído que las víctimas de accidentes graves y crímenes llegan aquí. Caminamos por interminables pasillos, helados y olorosos a alcohol.
Aguanto la respiración lo más que puedo. Llego a mi cuarto. Me siento pequeña y vulnerable. Es la hora de cambio de turno y nadie me atiende. Una hora más tarde, restablecido el personal, veo las primeras caras. El cuarto es horrible; el colchón está mojado y exijo que lo reemplacen. Por la ventana veo un pedazo de cielo, un pedazo de Miami. La noche está cayendo. Me pregunto si será la última noche que vea. Si será la última mirada a la ciudad que tanto me ha dado. Un médico llega y me marca la sien con su firma. Ese es el lado por donde “entrarán”. Hago muchas preguntas. Se toma todo el tiempo para responderlas. Cuando sigo preguntando, se sienta a mi lado. Me oye y responde con calma, sin apuro. Cuando se va, le tomo una foto a la firma sobre mi sien. Es una letra B dentro de un círculo.

Son las siete y media de la noche. Recibo mensajes de texto de mi ahijada y mis amigas. Me despido. Gloria me manda luz y paz. Cómo las he torturado en los últimos meses. Nuestros encuentros han sido todos para drenar mi pánico. Carina y Mariangel me llaman y escriben a diario, me oyen, consuelan, aconsejan. Conocen mis miedos, mis inseguridades, mis dudas. Algunas amigas se distanciaron; pensaron quizás en la posibilidad de mi muerte, en el hecho de verse reflejadas en mí.
Le escribo a mis hijas. Lloro mientras le escribo a Ariana: Tu hermana te busca mañana en el colegio, i love u mi amor precioso. Estoy muy orgullosa de ti. You are intelligent, pretty y cariñosa. Recuerda hacerme dibujos.
Mejor decirlo todo ahora.

A pesar del cuarto y de la cirugía en unas horas, duermo tranquila. Pedro está a mi lado en el sillón reclinable. Pobrecito, luce incómodo. Ha estado silencioso últimamente. No sé qué está pensando. Debe estar tan asustado como yo de todo esto. A las seis y media de la mañana mi mamá ya está en la puerta con mi hermana que ha venido de los cayos. Mi hermana me dice que una craneotomía sería el ticket de salida de su vida. Que utilizaría la excusa de la perdida de la memoria para desaparecerse. Qué cómica. A pesar de todo, me hace reír con sus ocurrencias. Está tan preocupada por mí. Días después de mi cita con el neurocirujano, cuando yo estaba tan aterrada con el pronóstico, cuando le dije que no aceptaría vivir parálitica o ciega y que hablaría con mi abogado para asegurarme de que eso no sucediera, lloró conmigo en el teléfono; en silencio. Luego me dijo que estaba loca y que dejara de pensar en mí y pensara en mis hijas. Mi hermano me llama. Lo he mantenido al tanto de todas mis decisiones médicas. Me apoya y me ayuda.

La mañana es eterna. Me dicen que mi mamá, mi suegra y mi amiga Mariangel están en la sala de espera. Van a ser cuatro largas horas. Me llevan a pre operatorio donde me tratan como a una reina. Por suerte Pedro sigue a mi lado. Quiero salir de esto ya. Quisiera que me anestesiaran y no saber nada mas. Estaba tranquila hasta que oigo los gritos de un bebé llorando. Un lloro desesperado. Los niños no pertenecen en los hospitales. Recuerdo al anestesiólogo, un hombre alto, bronceado y guapo preguntando si estaba lista y una enfermera inyectándome en la vena. Me despido de mi familia mientras la camilla va rodando y los dejo atrás. No lloro. No lloramos. Solo nos despedimos hasta mas tarde.
Ya no recuerdo más.

Cuentan que en la madrugada desperté y pedí hablar con mi familia. Desde un celular prestado llamé a mi mamá pidiéndole que me viniera a buscar porque no sabía dónde estaba. Venticuatro horas más tarde, cuando abrí los ojos, una amiga estaba al pie de mi cama velando mi inconsciencia. Y mi mamá y mi hermano, y Pedro. Las visitas son cortas en la Unidad de Cuidados Intensivos.
Saqué una lista de preguntas probando mi memoria. Acordarme de que hice un cuestionario debía ser prueba suficiente, pero lo hago de todas formas.
¿Quién es Wade?: el jugador de los Miami Heat.
¿Cuál era el teléfono de mi casa cuando era pequeña?: 32-7410. Vamos bien, vamos bien. Aparentemente no he olvidado las banalidades.

Hace días que no me enfrento al espejo. Dejo la luz apagada para no verme. Me peino en la oscuridad de baño. Miro el reflejo de mi silueta mientras lo hago. Tanteo con mi dedos la cicatriz que cruza mi cabeza; es un área sin pelo desde el centro de la frente, hasta detrás de mi oreja derecha. Mi tacto, que tantas veces ha recorrido mi rostro, siente la ceja pronunciada, el ojo apagado, la sien protuberante. Tomo una foto sin abrir los ojos. Para más tarde, cuando me atreva a verla.
Un día, por descuido, salí de la casa sin pañuelo en la cabeza. Al entrar al ascensor casi produzco un desmayo colectivo.  Me tomé la vida despacito. Tengo tres meses viviendo al mínimo. No manejo, y salgo muy de vez en cuando. Me tomo un café con Carina en Miracle Mile y regreso a casa a reposar. Lucho contra mis temores y poco a poco los voy superando. Sigo trabajando el miedo.

Mi amigo Alberto vino a visitarme y me trajo una botella de Don Perignon. Se sentó a los pies de la cama. Me gusta su visita. Mientras hablábamos, no se qué insensatez dije y con la mayor seriedad me preguntó: ¿Estás segura de que te pusieron el cerebro de vuelta?
Finalmente después de tantos meses, reí de mi cráneo afeitado, de mi horrible cicatriz de los treinta puntos cruzando mi cabeza y de mi falta de cerebro.

Foto:
Aviso. A continuación, la foto de la cicatriz en mi cabeza. Rehusé verla y solo pude hacerlo mucho tiempo después. Hoy todavía me causa mucha impresión.








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