21 jul. 2012

LAS DESCONOCIDAS EN LA ESCALERA

   La mayor parte del  tiempo voy corriendo por la vida y tengo la sensación  de  que miro sin ver, sin procesar, sin  asimilar  lo que sucede alrededor.  Me siento como el círculo incompleto  del cuento de Silverstein, The Missing Piece, cuando encuentra su añorada pieza perdida - un triángulo  que completa su circunferencia- y al  fusionarse, ese complemento de su ser hace que el círculo ruede tan rápido que no le permite parar y hablar con el gusanillo; no le permite a la mariposa posarse sobre él.  En fin, no le da chance de  apreciar  y disfrutar su entorno.  

En un centro comercial vi a lo lejos dos mujeres  a las cuales no preste' atención. Estaba rodeada de  familia y de  amigas de mis hijas y en la mesa sucedían muchas cosas al mismo tiempo: la indecisión en los pedidos de las bebida, que si pizza o bruschetta y apurados porque el cine comenzaba pronto. Tal cual el círculo, sin tiempo de pensar mis propios pensamientos, o quizás pensando los pensamientos de todos.    Vuelvo a ver a las desconocidas, pero nada particular acerca de ellas. Están en el tope de una escalera como esperando; sin subir ni bajar.  De pronto, sus caras  se hacen familiares, aunque no las ubico.  Regreso mi atención a la mesa. Llegó la pizza y la conversación se centró en los Hunger Games, el colegio y el fin de curso. Insistía en que no se lamieran los dedos, que usaran la servilleta. No, no más sodas. ¿Cuál era el saldo en la tarjeta de crédito? Quedaba un último triángulo de pizza y las niñas lo compartieron civilizadamente. Nos quejamos del calor y de los ventiladores con agua que  arruinaron nuestro cabello.   Mi mirada regresó a las posibles conocidas en la escalera. Reconozco esas caras;  las reconozco por conexión. Primero a la  que  fue mi amiga. Después a  la otra. Hago la relación madre - hija. Pienso que de no haber estado juntas, no las hubiera reconocido.  Mi memoria necesitó el complemento.  Caracas, Centro Catalán,  tenis son los mensajes que me habla el inconsciente  y que  se convierten en imágenes indefinidas. Busco sus nombres en el archivo de los recuerdos. Ella era esa chica alta, delgada. ¿Cómo se llamaba?   Nos levantamos de la mesa. El cine comenzaba en unos minutos, tiempo suficiente para subir las escaleras, entregar los tickets, buscar los asientos, evitando entrar en un recinto oscuro y una película comenzada. Eché una última mirada a la escalera. Ellas  ya no estaban allí. Muy tarde.  Se fueron. Qué boba, perdí la oportunidad, así como  se pierde la foto cuando no se enfoca a tiempo. Lamento mi indecisión y mi lentitud para procesarlo todo. Quizás no eran quienes yo pensaba. Hubiera importunado  a unas desconocidas queriendo probar mi memoria.   Subí  las escaleras con un ligero trote, pendiente de que no se  perdieran las niñas -las propias y las prestadas- pendiente de apagar el celular antes de que se me olvidara, pendiente de encontrar los tickets en alguno de los cuatro bolsillos de mi cartera o mi pantalón.  A lo lejos  vi a las dos mujeres caminando. Decidí no perder esta segunda oportunidad. Decidí preguntarles sin pena. ¿Qué podía  perder? ¿Qué me dijeran que no eran y ya? Hubiésemos seguido nuestro  camino, yo al cine  y ellas de compras y nada hubiese pasado. O quizá eran ellas las que yo pensaba que eran y aflorase en ese encuentro una cantidad de recuerdos y memorias. Quizás el renacimiento de una amistad olvidada o perdida.   Me aparté de mi familia sin previo aviso y las  seguí. No las rodeé, ni las estudié   de cerca. No dudé.  Aproveché su pausa ante  la vitrina de un local y me paré frente a ellas, decidida. Disculpen la intromisión, (o habré dicho interrupción) es que me parecen conocidas.  Las ayudé en la angustia por ponerle nombre a mi cara; soy Maribel... de la Mora.   Hubo dos segundos de sorpresa - la de una total desconocida que de repente les salta  enfrente e irrumpe sus rutinas- sorpresa que se transforma en incredulidad, seguida  de alegría al oír mi nombre. Nos atropellamos las palabras y hablamos una encima de la otra. ¡No lo puedo creer! ¡Cuánto tiempo! Treinta años!¡Estás igualita! Mentimos. Abrazos y besos. Su mamá me cogió la mano y las mantuvimos así, enlazadas durante la conversación. Nos pusimos al día rápido; sus hijos primero. Me mostró  una foto en el celular.  Yo les apunté con el dedo hacia mi familia a mitad de la escalera,  observándonos con curiosidad. Resumimos  treinta largos años de vida en tres minutos. Intercambiamos teléfonos. Nos despedimos, con la promesa de vernos pronto. Ellas entraron a la tienda de modas, yo subí  las escaleras, mientras mi hija me hacía una señal  de dedo contra muñeca sin reloj, indicando que era tarde. Más que eso, que siempre llego tarde. Pero para mí,  esta vez no estuve tarde, en mi opinión estuve muy a tiempo.

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