28 jul. 2013

Relato sobre un anexo.





   Luchaba por mantener mi identidad, recobrar mi felicidad y salvar mi recién formada, desubicada y desorientada familia. Por ello urgía mudarnos. A diario leía los anuncios clasificados en busca de un lugar pequeño y económico donde vivir, pero todo estaba por encima del presupuesto. Mi nuevo pasatiempo consistía en pasear por la ciudad en busca de un anuncio de alquiler, hasta que finalmente opté por preguntar aunque no hubiera evidencia de renta. Fue así que llegué a esta casa.
   Un señor mayor regaba el jardín. Bajé a preguntar si sabía de algún alquiler en la zona. Para mi sorpresa, él mismo tenía un apartamento. ¡Qué coincidencia! El lugar lucía perfecto. La urbanización era cerrada, con vigilancia y la casa aunque vieja, estaba bien mantenida. Además, se encontraba cerca de todo: un colegio en la esquina, un mercado y en frente, un parque alegre y polvoriento. Hasta el pediatra quedaba en la misma acera una cuadra más abajo. ¿Qué más podía pedir? Concertamos una cita esa misma noche, cuando Pedro saliera del trabajo.
   Esperé con ansias la hora de la cita. Pedro no lucìa convencido, pero se dejó llevar por mi entusiasmo. Un poco antes de las ocho rondábamos la urbanización viendo la casa desde todos sus ángulos: subiendo la calle, bajando la calle. La longitud del muro que rodeaba la propiedad dejaba entrever un terreno bastante amplio. Imaginaba que el anexo estaría allí, separado de la casa principal y en un jardín grande donde mi hija podría jugar.
   Era las ocho en punto. Estacionamos frente a la casa. Una tenue luz alumbraba su interior. Bajamos del carro. Los perros de las casas contiguas ladraron y despertaron a Alexandra que había estado dormida, cabeceando en el asiento trasero. Pedro la animó a seguir durmiendo en sus brazos. Chupándose el dedo, apoyo su cabeza en el hombro de su papá cuando éste la cargó.
   Tocamos el timbre. Una puerta que no era la principal se abrió y de ella salió una opera triste seguida del dueño de la casa. Nos saludo efusivamente. De un manojo de al menos treinta llaves, escogió cuatro que abrían las cerraduras de la reja  del garaje. Después de varias vueltas de cerrojo la reja cedió y nos permitió entrar. Detrás de nosotros se cerraron otra vez los candados y cerraduras. Una, dos, tres, cuatro. Por más que lo quise disimular, Pedro vio cuando tragué saliva. Traté de relajar la  tensa situación halagando lo bonitas que estaban las flores de una maceta.
   El señor dedicó su atención a la niña y se la robó de los brazos de Pedro. Con nosotros muy cerca detrás, entró a la casa por la puerta de la cocina. En el interior la opera se intensificó. Lamentos, lloros. La Mamma Morta. Alex pedía regresar a los brazos de su papá. El hombre insistía que se quedara con él. Finalmente ante la insistencia, la entregó y ella  abrazó fuertemente  a su papá.
Es que me acordé de mi... discúlpenme, sollozó el hombre. Y desconsolado, comenzó a llorar. Perdí a mi esposa hace poco y desde entonces he estado muy...muy... Pero no terminó de decir lo muy, muy que estaba. Ambos miramos con atención las llaves que el señor colocaba sobre la mesa de la cocina. Se limpió las lágrimas con un trapo colgado y prosiguió; bueno,  vamos a ver el anexo.
   Lo seguimos. Sus pasos acompasaban los lamentos de María Callas que aún se oían atrás en la casa. A pocos metros, nos señaló que entráramos en un cuarto del tamaño de un baño. En el pequeño espacio colgaban hachas, serruchos, tijeras de jardinería entre otros implementos filoso-punzantes. De un clavo en la pared el hombre descolgó una linterna que examinó a ver si funcionaba. Encendió, y con su luz alumbró la entrada al jardín por la que se llegaba al anexo: una pequeña puerta en la pared por donde difícilmente cabrían mis caderas de recién parida y a la que se llegaba por medio de tres escalones. Recordé  el horno donde la bruja quería meter a Hansel y donde finalmente Hansel empuja a la bruja.
   Al abrir la puertecilla de hierro, se vio una área oscura y al encender la linterna se reveló un follaje espeso e imposible de penetrar. Vamos, vamos, está aquí un poquito más al fondo, nos animó a seguir.
La cara de Pedro se trasformó de susto a terror. Yo no sabía qué era peor, si salir viva y enfrentar a mi marido después,  o lo que viniera con el viejo.
   Mire señor, se le ocurrió decir a mi marido mientras retrocedía fuera del cuartucho, va a ser un poco difícil con la niña. Yo me la quedo aquí, pasen ustedes, insistió, ofreciendo nuevamente cargarla en brazos.
   Convencidos de que quería hacer picadillo con nosotros, salimos del cuarto excusándonos que no era el momento, ni la hora del día y sobre todo, la niña. El hombre insistía y ahora lloraba nuevamente explicando lo que significaba tener la compañía de una niña en esa casa  tan solitaria.
Una niña traería mucha felicidad. Mucha, mucha felicidad.
   Otra ópera se oía dentro de la casa. Yo hubiera querido saltar la reja de hierro, pero mantuve la calma. El señor se alejó de nosotros y entró nuevamente al cuarto de herramientas donde hizo mucho ruido. Yo pensaba que vendría con el machete. En un instante me imagine en los titulares en la página de sucesos del periódico.
Los tres nos agrupamos cerca de la verja, muy alta como para intentar saltarla. Pedro me entregó a Alexandra  como para tener los brazos libres. Los carros pasaban por la calle ignorantes del infierno que estábamos por sufrir. El señor no terminaba de salir. Estaba buscando el arma perfecta pensé. Ojalá no sea con la tijera de jardinero; está bien oxidada.
   Un carro con vidrios oscuros se estacionó detrás del nuestro Volkswagen, frente a la casa. Segundos después salió un muchacho joven, con el rostro picado de acné y cara de antisocial.
   Papá ábreme, ordenó.
   ¡Qué desgracia, un cómplice!, pensé.
   Creo que se sorprendió de vernos allí tan... tan vivos aún.
  El hombre se asomó desde el cuarto de las herramientas y le dijo “te tardaste”, lo cual confirmaba mi sospecha. Caminó con ligereza hacia la cocina donde se oyó el sonido metálico del manojo de llaves con el que segundos después abrió las cerraduras y candados uno tras otro, tras otro. El joven entró al mismo tiempo que Pedro sostenía la verja abierta y nosotras salíamos rozando nuestros cuerpos con el desconocido.
Desde la acera, recobrada la valentía, Pedro se dirigió a ellos detrás de las rejas. Aprovechamos la oportunidad para irnos; regresamos mañana, durante el día, cuando se vea mejor.

1 comentario:

  1. Pero lloraba... seguro algo le pasaba, lástima que con una niña pequeña uno no pueda correr el riesgo de averiguar qué.

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